October14
Hay una cosa que nadie puede enseñarte, sólo la vida y la experiencia, y que necesitas para sobrevivir en el colegio, en el instituto y en la facultad: el sentido común. Te vas a encontrar con muchos profesores distintos, y vas a tener que saber cómo da clase cada uno y qué pide cada uno. Hay que tener esa picardía para saber cuándo y cuánto vas a tener que esforzarte.
Hace dos semanas en la asignatura de Literatura Griega nos mandaron leer unos fragmentos de un manual, que entre todos sumaban unas cien páginas, sobre historiografía en sus distintos periodos. El profe nos dijo que después nos haría un pequeño examen para comprobar que nos lo habíamos leído. El manual en cuestión es del 68 y está escrito en plan ensayo, en lo que se pretende que esté a medio camino entre un texto expositivo y literatura. Pero no sólo era complicado de comprender en el sentido de que el texto tenía unos giros literarios exagerados, sino que el tema estaba extremadamente desarrollado: de cada autor contaba vida y milagros, de qué iba cada párrafo de cada capítulo de cada libro de su obra, la evolución de su estilo, etc. Vamos, de todo.
De los seis fragmentos que teníamos que leer, el primero, que era más digerible, me lo leí y lo entendí sin problemas. Los dos siguientes eran sobre dos autores en concreto y eran infumables, sobre todo la parte del contenido de sus obras. Me los estaba leyendo y no me enteraba de nada; me los volvía a leer y no reconocía ni habérmelo leído antes… un desastre. Así que ojeé los demás fragmentos y como vi que el siguiente no era tan coñazo también me lo leí. Los dos últimos ni me dio tiempo a mirarlos ya, pero también iban de autores concretos así que no creo que me los hubiera leído.
Cuando he llegado a clase todo el mundo estaba nervioso, estaban repasando las notas y resúmenes que se habían hecho (¡!) y memorizando nombres de escritores rarísimos. No hablaban de otra cosa y estaban empezando a ponerme nerviosa: “¿pero no dijo que iba a ser un examencillo de nada?” no he parado de repetir.
El examen ha consistido en diez preguntas cortas y sencillas: “Nombre del primer historiador del que se tiene noticia”, “Cita la obra de Heródoto y de qué trata”, “¿En qué siglo vivió Polibio?”, y mierdas así. No hacía falta responder con más de una oración en ninguna pregunta y, de hecho, las que tenían que ver con los últimos fragmentos que no me leí eran cosas que sabía antes. Hemos terminado en diez minutos. Si no fuera porque yo también perdí tiempo al intentar aprenderme esos dos fragmentos que me costaban, y si hubiera aprovechado ese tiempo para hacer otras cosas, me habría partido el culo allí mismo.
Mis amigos han salido sintiéndose engañados, quejándose del manual, de que nos hagan un examen tan pronto (un examen así, no creo que cuente ni para el 1% de la nota).
El problema a veces es que no escuchamos lo que nos dicen, preferimos esforzarnos de más que quedarnos cortos, y creo que eso tampoco es. Lo único que se consigue así es frustrarse desde el principio, coger manía a una asignatura…: negatividad.